La empatía en acción – Maritchu Seitún

Para LA NACION

 Nos gusta más ganar que perder. Divertirse jugando está bueno, pero hacerlo ganando es sensacional. El problema es que no pueden ganar todos, alguno tiene que perder? Los adultos (supuestamente) tenemos una fortaleza interna que nos permite tolerar el dolor de perder, ¡pero los chicos no! Para ellos, que están construyendo su imagen de sí mismos, puede ser dura la derrota, la del equipo nacional y los pequeños traspiés de todos los días. El tema se complica cuando ven a sus padres enojados, protestando, sin capacidad de recuperarse de la frustración de que su hijo no haya jugado bien, de que los alemanes nos hayan hecho un gol en el alargue, o cuando ven a sus admirados jugadores tan dolidos que no pueden ni mirar a los ojos a la persona que les da la medalla de plata. No creo que sea responsabilidad de los jugadores, sino de la sociedad hipercompetitiva en la que estamos inmersos. Para que un equipo salga primero, ¿cuántos perdieron? No hacemos esa cuenta y les exigimos como si se nos fuera la vida en ese resultado.

La empatía y la capacitación emocional nos permiten acompañar el dolor, la frustración, el enojo de ese chico que tenía sus expectativas puestas en que su equipo fuera campeón del mundo y vio sus esperanzas frustradas. Pero lo mismo funciona, en menor escala, cuando el amigo no aceptó la invitación de venir a jugar o cuando no logró saltar cien veces seguidas a la soga sin perder, cuando no alcanzó el nivel del jueguito electrónico que deseaba, o cuando no le salió la figurita que quería en los paquetes que le trajo papá de la oficina. Las oportunidades para fortalecerlos en su tolerancia a la frustración son muchas y están al alcance de nuestras manos.

Ojalá fuera tan sencillo como darles la «lección de vida» que corresponde a cada caso: «No siempre se puede ganar», «hay que practicar», «no te podés poner así por una figurita!», «si no aprendés a perder sin tanto enojo, no te presto más la iPad», «lo que importa es divertirse» y otras muchas ideas muy razonables que puedan venir a nuestra mente. No están listos para escucharnos porque no los comprendimos antes, y entonces se cierran, se tapan las orejas, y dicen: «¡Vos no entendés!», o no dicen nada, pero nuestro mensaje igual no entra. Por eso primero tenemos que preparar el terreno, y para eso usamos la empatía y la capacitación emocional: sólo después de superar nosotros, lejos del niño, nuestro estado de ánimo alterado por esa reacción de nuestro hijo que consideramos desmedida, podremos comprender y sostener su dolor, su enojo, su tristeza, su impotencia; así, al rato de empezar este acompañamiento, veremos que se abre en ellos una ventanita, les cambia la actitud, vuelven a mirarnos a los ojos, notamos que están listos y pueden escucharnos, aunque sólo sea un mensaje corto.

Con nuestro acompañamiento empático, los chicos resuelven solos la mayoría de los problemas, sostenidos por nuestras palabras y nuestra mano en su hombro que los «abraza» y les permite ver la situación con más realismo, menos subjetivamente, logran llegar sin otra ayuda a las conclusiones y reflexiones que nosotros habríamos querido hacer de entrada, se las apropian con mayor facilidad y no necesitamos agregar nada.

Si alguna vez nuestro acompañamiento los condujera a estar cada vez más enojados, tristes, frustrados, etcétera, siempre estamos tiempo para ayudarlos a salir de ese pantano con nuestras reflexiones. Pero eso sólo va ocurrir en pocas oportunidades.

Y quizá nosotros también necesitemos un laaargo abrazo amoroso y comprensivo antes de poder aceptar que la medalla de plata es un gran logro. Y hablo de fútbol y de muchas situaciones de la vida en las que tendemos a buscar éxitos resonantes y no aguantamos segundos puestos o esperas o esfuerzos?

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